
¿Por qué a ti, al más pequeño, te tenía que tocar?
¿Por qué a ti, de vida sana y ordenada, te abrazaban ese gran corazón arterias destrozadas?
Tu exterior era normal. Nos hacías reír a carcajadas cuando no teníamos ganas de esbozar ni siquiera una leve sonrisa. Nadie habría sospechado nunca que la muerte te estaba acechando.
Estas torpes palabras las escribo para que salga de mí tanto dolor, tanto sufrimiento.
El Miércoles Santo llegó la llamada tan esperada de que podría producirse el milagro que soñábamos.
Al miércoles siguiente, te operaron, abrieron tu pecho y, lo que cualquier humano podría describir como una carnicería, logró salvarte la vida. ¡Qué trabajo me cuesta escribir esa frase!: ¡¡¡SALVAR TU VIDA!!!.
Desde ayer, Miércoles, ya estás en casa. A partir de ahora, el Miércoles será un día de fiesta.
Tú, hombre bueno, tenías derecho a seguir viviendo. Esas fueron las palabras de tu cirujano. Ese cirujano al que le pedías a Dios que lo iluminara y guiara sus manos... y que te diera fuerzas a ti para aguantar esa dura operación.
A mi hermano pequeño, que ha regresado de las tinieblas.
Quiero daros las gracias a todos los que me leéis y comentáis. Ahora, poco o poco, una vez vuelta a la normalidad, a la rutina, lo haré de uno en uno, pasando a leeros por vuestros blogs, pero quería deciros sólo eso: GRACIAS POR ESTAR AHÍ. Desconociendo lo que me estaba desgarrando las entrañas, os he sentido y me ha llegado vuestra energía positiva.
Un beso.